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lunes, agosto 22, 2016

Masacre de El Topacio deja mal parado al Ejército Nacional

La noche del pasado 29 de julio se llevó a cabo en San Rafael, Oriente de Antioquia, la presentación del informe Memorias de Una Masacre Olvidada, del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH). Foto: Ricardo Cruz.
En junio de 1988, 14 mineros de esta vereda de San Rafael, oriente de Antioquia, fueron retenidos y posteriormente sus cuerpos descuartizados. Sus partes fueron arrojados a las aguas del río Nare. Sus familiares regresaron 28 años después a rendirles homenaje y reclamar justicia.   

Sin pensarlo dos veces, Marta Gutiérrez emprendió el viaje que la llevó al lugar donde 27 años atrás fue retenido y luego desaparecido forzosamente su hijo, Jhon Mario Giraldo. Fue la segunda vez en toda su vida que pisaba las tierras de El Topacio, una vereda de San Rafael, oriente de Antioquia, donde alguna vez la sevicia y la infamia se confabularon para cometer un crimen tan atroz, que su recuerdo aún hoy genera consternación entre sus pobladores.
Marta no viajó sola. A su lado estaba Carlos, uno de los tres hijos que le sobreviven, quien para el momento de los hechos tenía tan solo tres años de edad. También estaba Olimpo Daza, que ese trágico día también perdió a su hermano Oscar y a su primo Diofanor. El transporte estuvo a cargo de Álvaro Arango, hijo de Alejo Arango, recordado dirigente de la Unión Patriótica (UP) en San Rafael, desaparecido en extrañas circunstancias tan solo tres meses antes de los hechos que marcaron para siempre la vida de Marta, Olimpo y otras 14 familias sanrafaelitas.
El suceso también impactó la vida de todo San Rafael. No en vano, pocos en este pueblo hablan abierta y tranquilamente de lo ocurrido entre el 12 y el 14 de junio de 1988 en la vereda El Topacio; de la dantesca imagen que dejaron restos humanos flotando en las aguas del río Nare; de la responsabilidad del Ejército Nacional; de la violenta persecución contra los miembros de la UP; de cómo guerrilleros y paramilitares convirtieron esta tierra en zona de guerra.
Olimpo, por ejemplo, decidió no hablar de lo ocurrido ni volver por allá luego de ese día que tuvo que viajar a El Topacio para recoger de las orillas del río Nare brazos, piernas, manos y troncos humanos como si fueran restos de ganado. Álvaro también llevaba sus años sin ir a San Rafael. Bastó ser hijo de su padre y una fuerte amistad con líderes de la UP para tener que dejar su terruño finalizando los años ochenta. Y no regresó. Se instaló en un municipio vecino y solo viaja ocasionalmente para visitar a sus seres más allegados.  
Por ello, el espontáneo encuentro que tuvo lugar la mañana del pasado 30 de julio en el sitio donde por última vieron con vida a John Mario, Oscar y Diofanor y donde ahora se erige un monumento en honor a las víctimas, sirvió para remover heridas que aún no cicatrizan, honrar la memoria de seres queridos, aclarar eventos del pasado y exigir, con el coraje que la guerra diezmó dos décadas atrás, justicia, verdad y reparación.

Un pueblo convulsionado

san rafael 2El Informe elaborado por la CNMH reconstruye los hechos relacionados con la masacre de El Topacio y, al final, lanza una serie de recomendaciones para que se esclarezcan las situaciones presentadas en esta masacre. Foto: Ricardo Cruz.En total, fueron 14 los mineros retenidos, posteriormente desaparecidos y luego descuartizados por el comando armado que ingresó a las minas San Javier y Los Encenillos, ambas en la vereda El Topacio, durante el domingo 12 y el martes 14 de junio de 1988. Sin embargo, en el monolito construido junto a la cruz solo figuran trece nombres. Fue Olimpo quien advirtió el hecho cuando dijo: “aquí falta el nombre de mi hermano, Óscar Daza”, pero al instante recibió como respuesta de un lugareño: “siempre pensamos que las víctimas eran trece”.
“Es que aquí nunca se hablaba de eso. Solo hasta ahora es que la gente se está atreviendo a contar todo lo que nos pasó. Por eso es que ni siquiera era claro cuántas fueron las víctimas”, agregó Álvaro. No se trató de un silencio indiferente. Para esos años, según recuerda, la violencia se pavoneaba en San Rafael con descarada impunidad. “Mataban alguien en la mañana. Y uno veía al asesino, lo identificaba. Por la tarde, esa misma persona estaba en el parque cómo si nada, hablando con la Policía, el Ejército. ¿Quién decía algo pues?”.
Eran momentos en que en todos los rincones del país caían asesinados por montones dirigentes sindicales, simpatizantes de izquierda y miembros de la UP por simple sospecha de ser guerrilleros. San Rafael no fue la excepción. Sin embargo, en esta localidad, la violencia política tenía un complejo antecedente adicional: la construcción de las centrales hidroeléctricas que circundan el Oriente antioqueño.  
Según lo reseñó el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) en su informe Memorias de una masacre olvidada, para la década de los setenta el Oriente antioqueño era un verdadero hervidero humano: la construcción de las centrales hidroeléctricas atrajo miles de trabajadores; los pueblos comenzaron a crecer y los modos de vida se transformaron profundamente. Asimismo, se iniciaron los arduos reclamos y las intensas movilizaciones de una población que se sentía atropellada. Fueron emergiendo líderes de fuerzas políticas alternas a los tradicionales partidos Liberal y Conservador.
Como si fuera poco, iniciando los años ochenta llegó a la región el Frente 9 de las Farc, que se instaló en veredas como El Topacio para fortalecerse militar y políticamente. Fue en este ambiente, caracterizado por un conflicto armado que amenazaba con agudizarse, donde emergían los movimientos de izquierda y el descontento social iba en ascenso. Fue así cómo Alejo Arango, Froylan Arango y Rosa Margarita Daza, integrantes de la UP, empezaron a trabajar “manga por hombro” con las comunidades sanfaelitas.
“Mi papá era un soñador. Él decía que se le podía garantizar trabajo a mucha gente, pero que había que organizarlos, trabajar en la legalización de la minería de oro de San Rafael”, relató Álvaro. En Efecto, con la ayuda de Froylan y Rosa Margarita, Alejo creó, en 1987, la Sociedad Minera El Topacio, mediante la cual buscaba congregar, carnetizar y legalizar a todos los mineros de la cuenca del río Nare afectados por la construcción del embalse San Lorenzo.
Tarea bastante peligrosa si se tiene en cuenta que, para aquel entonces, en El Topacio y otras veredas mineras, las Farc cobraban onerosas extorsiones, controlaban con dureza la actividad extractiva y protegían con fiereza militar un territorio que consideraban vital para sus intereses. Mientras que en el casco urbano no pasaba día sin que un miembro de la UP fuera asesinado o, en el mejor de los casos, fuera acusado por las autoridades militares como auxiliador de la guerrilla.
Alejo no fue la excepción. Los militares lo vincularon tanto con la subversión que el 13 de febrero de 1988 fue detenido por miembros del Ejército Nacional quienes lo condujeron a las instalaciones del Batallón Bárbula de Puerto Boyacá, acusado de extorsión.
Pero ni el Ejército Nacional ni las autoridades civiles de la época, han podido explicar lo que  ocurrió después de aquella detención. “Mi papá es trasladado nuevamente a la cárcel de San Rafael el 16 de febrero de 1988. Para esos días el pueblo estaba militarizado y había toque de queda. Entonces, a todos los presos los trasladan, menos a mi papá, que queda solo. El 4 de marzo entró un comando armado y se lo llevó. Los guardias dijeron que fue la guerrilla que entró a rescatarlo”, contó Álvaro, quien no deja de sorprenderse por lo extraño de algunos detalles.
“En su celda habían pintas que decían ‘las far’. ¿Fue realmente la guerrilla? ¿Cómo puede un comando de las Farc rescatar a un preso que estaba altamente custodiado por el Ejército, en un pueblo militarizado y en toque de queda? ¿Por qué trasladaron a todos los reclusos, menos a él?”. Nadie ha podido responderle estas preguntas a Álvaro, tampoco donde está su padre, cuyo paradero es incierto hasta el día de hoy.  
Cuatro meses antes de la desaparición de Alejo, los sanrafaelitas vieron caer a Froylan Arango. Su asesinato se produjo el 28 de noviembre de 1987 en pleno casco urbano de la localidad. Meses después, el 24 abril de 1988, fue acribillada en pleno parque de San Rafael la compañera de luchas de los Arango y en aquel momento concejal municipal: Rosa Margarita Daza.

Un acto de sevicia

san rafael 3Justo en el sitio donde fueron retenidos los mineros, los lugareños levantaron un monumento en honor a la memoria de las víctimas. Pese a que muchas cosas han cambiado en la región, en El Topacio aún se realiza la minería. Foto: Ricardo Cruz.El mismo día que Marta Gutiérrez llegó a San Rafael proveniente de Puerto Berrío, Magdalena Medio antioqueño, se registró un intenso combate entre la guerrilla de las Farc y tropas del Ejército Nacional al mando del capitán Carlos Enrique Martínez Orozco, comandante de la base militar destacada en este municipio. Se trató del enfrentamiento que tuvo lugar el 9 de junio de 1988 en el sitio La Clara de la vereda Santa Isabel de San Roque, cercana a la vereda El Topacio, que dejó como saldo un subteniente del Ejército abatido por los guerrilleros.   
Del hecho Marta se enteraría semanas después, cuando la gente del pueblo comenzó a relacionar la muerte del oficial con la desaparición de su hijo. Tal como ella lo recordó, su visita a San Rafael obedeció a que “tenía que realizar una diligencia relacionada con una herencia que nos había dejado mi mamá”. Había viajado con Jhon Mario, su hijo de 15 años, quien ya anhelaba emprender la aventura de buscar oro en las caudalosas aguas del río Nare.
“Él me decía que lo dejara ir a las minas, que él quería conocer cómo se sacaba el oro, cómo era todo ese proceso”, recuerda Marta. Pese a las noticias que llegaban del “monte” sobre la presencia de la guerrilla y los combates con el Ejército, ella confió en la experiencia minera y el conocimiento de la región de un allegado a la familia, Juan Evangelista Mora, quien lo llevó a El Topacio esa fatídica mañana del 12 de junio.
Tal como lo documentó el CNMH, la noche de ese 12 de junio un comando armado vistiendo prendas camufladas irrumpió en la vereda. Primero, ingresaron en la vivienda de la familia Buriticá Rincón, llevándose a la fuerza a dos jóvenes de esa familia a quienes señalaron de guerrilleros. Luego, llegaron a la casa de los Buriticá Parra, de donde también se llevaron amarrado al padre de familia.
El comando armado continuó su marcha hasta la cooperativa de la acción comunal de la vereda. Allí golpearon y amenazaron de muerte a su administrador. Finalmente, el 14 de junio arribaron al campamento minero de Los Encenillos, donde se encontraban Juan Evangelista y Jhon Mario. Ambos fueron retenidos junto a otros ocho mineros. Captores y retenidos partieron con rumbo desconocido. En el camino fue secuestrado otro minero más. Fueron, en total, 14 las personas en ese recorrido.
Solo se salvó la mujer encargada de la alimentación de los mineros en el campamento. Fue ella quien llevó la noticia al pueblo. Días después, ante el desconcierto de las autoridades locales, miembros de la misma comunidad, entre ellos algunos parientes de los retenidos, organizaron una comisión para ir, ocho días después, al sitio de los hechos para constatar un trágico presagio.
“Empezaron a volar muchos gallinazos por la zona. Pensamos: ‘debe haber gente muerta allá”, recordó Olimpo Daza, quien no lo pensó dos veces para viajar hasta El Topacio y buscar noticias de su hermano y su primo. La imagen que vio cuando llegó al sitio se quedó grabada en su memoria como un tatuaje: “en una islita que forma el río en sus orillas había parte de cuerpos humanos: brazos, pies, manos, troncos, ropas rotas. Todo eso flotaba ahí en el agua”.
Los restos encontrados fueron inhumados en varias bóvedas del cementerio de San Rafael. No hubo proceso de identificación. Eran tiempos en que los protocolos forenses eran una quimera. El párroco de la época emitió un acta de defunción masiva. Así, con el dolor entre pecho y espalda, y todas las incertidumbres posibles, los pobladores comenzaron a preguntarse quién habría sido capaz de tanta sevicia.
Para la gran mayoría, había un solo responsable: “dijeron que fue el Ejército. Aquí ya había antecedentes de atropellos de los militares. Que el Ejército hizo eso porque los mineros eran cercanos a don Alejo, el señor de la UP que desaparecieron, que ellos eran de la guerrilla. Y que además, eso fue una retaliación por la muerte de un militar cerca de San Roque”, respondió Marta.

¿Crimen de Estado?

san rafael 4Tras casi tres décadas de ocurridos los hechos, la comunidad sanrafaelita ya se atreve a hablar de la masacre ocurrido. Sin embargo, nombres como el del capitán Martínez aún generan algo de temor. Foto: Ricardo Cruz.El capitán del Ejército Carlos Enrique Martínez Orozco llegó a la base militar de San Rafael promediando la década de los ochenta, en momentos en que el paisaje del Oriente antioqueño cambiaba drásticamente por cuenta de la construcción de las centrales hidroeléctricas.
Fue uno de los tantos militares colombianos formados bajo la doctrina del “enemigo interno” que impartió en Estados Unidos la famosa Escuela de Las Américas durante la década de los setenta. Buena parte de sus servicios lo prestó en el Batallón Bárbula de Puerto Berrío, salpicado por sus nexos con las autodefensas de Henry Pérez.
Desde su llegada al municipio, según lo recuerdan quienes padecieron aquella época, el capitán Martínez Orozco dejó claro que su misión era exterminar toda manifestación de guerrilla, tal como lo había hecho durante sus años de servicio en Puerto Boyacá. Curiosamente, su lucha contrainsurgente se caracterizó por reiteradas denuncias en su contra por maltratos, acusaciones y falsos señalamientos, principalmente por parte de mineros y dirigentes de la UP.
Por ello, cuando varios de los familiares de los mineros desaparecidos y descuartizados instauraron denuncia penal ante las autoridades judiciales, a mediados de junio de 1988, el primer interrogado fue el capitán Martínez. Según consta en expediente judicial, el Juzgado 28 de Instrucción Criminal Ambulante de Medellín ordenó su reclusión preventiva el 7 de septiembre del mismo año por cuanto los testimonios recopilados hasta entonces lo ubicaban en el lugar y justo en los días de los macabros hechos que sacudieron a San Rafael.
No obstante, pese a los testimonios recopilados por los investigadores judiciales que vinculaban al capitán con la masacre, la rigurosa recolección de pruebas técnicas y el intenso debate jurídico, que incluyó enfrentamiento con la justicia penal militar que pedía investigar este caso; situación que fue resuelto a favor de la justicia ordinaria; el Juzgado Cuarto de Orden Público de Medellín profirió sentencia absolutoria contra el capitán Martínez el 17 de agosto de 1990, consignando que los testimonios presentados por la defensa del militar “tienen la virtud de entronizar la duda sobre la responsabilidad penal del sindicado”.
Se trató, a juicio de conocedores, una investigación con visos de irregularidad. “Hubo un proceso, pero que se debe analizar y revisar con lupa, porque se advierten irregularidades. Pero lo cierto es que, según la justicia, este fue un caso juzgado”, advirtió Juan Alberto Gómez, correlator del informe Memorias de una masacre olvidada, del CNMH.
Según pudo establecer el CNMH, el capitán Martínez fue destituido del Ejército Nacional el 28 de abril de 1992 por su presunta negligencia en la persecución de un grupo paramilitar encabezado por el narcotraficante Jaime Eduardo Rueda Rocha, señalado como uno de los autores materiales del crimen del dirigente político Luis Carlos Galán.

Una nueva oportunidad

san rafael 5Actualmente, la Fiscalía trabaja en la identificación de los restos óseos que fueron enterrados en el cementerio de San Rafael. Extraoficialmente se sabe que ya hay varios cuerpos identificados pero se espera plena confirmación para su entrega. Foto: Ricardo Cruz.Cuando las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc) culminaron sus desmovilizaciones colectivas en agosto de 2006 y sus miembros comenzaron a ser juzgados bajo la Ley 975 de 2005, conocida como Justicia y Paz, Marta Gutiérrez sintió que tenía una segunda oportunidad para saciar la sed de verdad y justicia que mantiene desde 1988.
Y no es para menos. Tras los hechos de El Topacio, en San Rafael se impuso la ley del silencio.  Hablar de lo ocurrido se convirtió en tabú, incluso para los familiares de las víctimas, quienes optaron por aceptar que los huesos depositados a la “topa tolondra” en una bóveda del cementerio de San Rafael, eran los de sus familiares. La decisión judicial que exoneró al capitán Martínez, sindicado como uno de los máximos responsables, terminó por doblegar los pocos alientos de aquellos que clamaban por justicia.
Luego, finalizando la década de los noventa, vino la arremetida paramilitar del Bloque Metro de las Accu, primero; y el Bloque Héroes de Granada de las Auc, después. Así, el recuerdo de los mineros retenidos, desaparecidos y descuartizados presuntamente por miembros del Ejército Nacional terminó sepultado en lo más profundo de la memoria colectiva de los sanrafaelitas.
Menos en el alma de Marta, quien siente que se le clavó una filosa espina en su pecho justo en el momento en que se enteró de la desaparición de su hijo. “La vida me cambió desde ese momento. Tuve problemas con el licor, perdí a mi esposo. Fueron años muy duros que logré superar gracias a mis hijos”, recordó.
De ahí que en 2007, cuando se enteró de que en su pueblo, Puerto Berrío, había una oficina de la Fiscalía de Justicia y Paz, no lo pensó dos veces: “la gente me decía: ‘¿qué se va poner en esas?, mire que de pronto la emprenden contra usted’, pero yo quería que me escucharan. Y me tocó venir a San Rafael a buscar con las víctimas. Nadie quería hablar, pero lentamente las fui convenciendo”.
Su declaración llevó a que la Unidad de Exhumaciones de la Fiscalía de Justicia y Paz se apersonara del caso. En 2010, este despacho trasladó el expediente a la Unidad Nacional contra los delitos de Desaparición Forzada y Desplazamiento Forzado, que actualmente adelanta las labores de identificación de los restos y la reapertura de la investigación penal. Según pudo establecer VerdadAbierta.com, el proceso lo lidera actualmente la Fiscalía 32 del Eje Temático de Desaparición Forzada y la investigación sobre los responsables del hecho, entre ellos antiguos miembros del Ejército, se encuentra en etapa previa.
“Ahora, por lo menos he visto más empeño de las autoridades para que esto no quede en la impunidad, que yo pueda saber si los huesitos que hay enterrados por ahí sí sean los de mi hijo. Por lo menos ya se habla, todavía con temor, pero se habla. Pero lo que sí sería reparación para nosotros es que ese señor Martínez responda por lo que hizo”, sentenció Marta Gutiérrez, quien aún mantiene viva la esperanza de justicia.

La persecución y el exterminio que precedieron a la U.P.

La UNO en un acto preparatorio en Bucaramanga, para la campaña electoral de 1976. Foto: Cortesía Partido Comunista de Santander.
Antes de que comenzara ese genocidio, muchos militantes de la Unión Nacional de Oposición fueron torturados y asesinados en aquellas regiones donde comenzaron a ganar terreno político a mediados de la década del setenta.

Mientras una parte de la sociedad está a la expectativa de cómo será la transición de la guerrilla de las Farc a la legalidad, varios de sus comandantes y algunas organizaciones no gubernamentales han expresado su inquietud sobre los posibles riesgos que afronte todo aquel que participe en política a nombre del movimiento que surja tras el acuerdo final con el gobierno nacional.
Esas preocupaciones se sustentan no solo en la persecución violenta que generó el exterminio de la UP en la década del ochenta, sino que se remontan a lo ocurrido con los militantes de la Unión Nacional de Oposición (UNO) en los setenta y sobre lo cual se conoce poco.
“Esa fue la antesala de lo que sucedió una década después con la UP. No es extraño ni ajeno pues hay un hilo conductor que es la persecución contra el Partido Comunista. Por eso planteamos el tema de no repetición como elemento central para el proceso de paz”, afirmó Jaime Caicedo, secretario nacional del Partido Comunista.
Tanto miembros de la UNO como de la UP fueron asesinados por pertenecer, simpatizar o colaborar con esos movimientos políticos de izquierda. Pero existen diferencias entre ambos casos. Una de las más grandes es que Colombia atravesaba unas circunstancias políticas muy diferentes cuando surgió la UNO, en 1973, a las de mediados de los ochenta, con la creación de la UP.
Para comienzos de los setenta, la guerrilla de las Farc no era un grupo armado con tanta fuerza y la imposición del mecanismo de Estado de Sitio era reiterado. Desde 1944, y por períodos intermitentes, los diferentes gobiernos acudieron a esta figura que les permitía “declarar turbado el orden público y en estado de sitio toda la República o parte de ella” y, por tanto, actuar de manera más expedita contra todo aquello que representara una “amenaza” para el país.
En esa época, estaba llegando a su fin el Frente Nacional, que surgió de un acuerdo entre los partidos Liberal y Conservador en 1958 para ponerle freno al gobierno militar que había instaurado el general Gustavo Rojas Pinilla en 1953. Se trató de un pacto de alternancia del poder por periodos de cuatro años entre ambos partidos que se mantuvo hasta 1974; a la par, sindicatos, movimientos sociales y estudiantiles estaban tomando fuerza en el país.
Un hecho electoral se convirtió en la génesis de la UNO, se trata de lo ocurrido en las elecciones presidenciales de 1970, sobre las que pesa la sospecha de que los resultados fueron alterados para evitar que ganara Gustavo Rojas Pinilla, el exgeneral golpista de 1953, y su movimiento político Alianza Nacional Popular (Anapo). Pese a todos los reclamos, fue declarado triunfador el candidato por el partido Conservador, Misael Pastrana Borrero.
En un contexto nutrido de sospechas de fraude electoral, el Partido Comunista, el Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (MOIR) y una disidencia de la Anapo, llamada Movimiento Amplio Colombiano (MAC), se aliaron bajo la figura de la Unión Nacional de Oposición (UNO).
Su primer candidato presidencial fue Hernando Echeverri Mejía, uno de los 17 parlamentarios que fundó el MAC. “El país viene hace cerca de 25 años aherrojado por el Estado de Sitio [...] Por eso uno de nuestros objetivos centrales es batallar por las libertades democráticas, por la igualdad de derechos para la mujer colombiana, y enfrentar hasta derrotar todas las medidas represivas”, declaró este líder político al periódico Tribuna Roja en 1974.
Según la visión de la naciente UNO, el movimiento de la Anapo no representaba a los sectores de la izquierda porque era una mezcla de liberales y conservadores centralizada en la figura de Rojas Pinilla. Además, no compartieron la decisión del militar de postular a su hija María Eugenia como candidata presidencial para las elecciones de 1974.
En aquella jornada electoral participaron Hernando Echeverri Mejía por la UNO; la hija de Rojas Pinilla por la Anapo; el liberal Alfonso López Michelsen; el conservador Álvaro Gómez; y Hermes Duarte por Democracia Cristiana.
Durante esa contienda electoral, surgieron las primeras diferencias en la UNO. Los tres partidos de izquierda que la conformaron discutieron sobre quiénes deberían ser los candidatos para curules regionales y al final acordaron listas “conjuntas y únicas” para asambleas departamentales y concejos municipales. Aun así, diez días antes de las elecciones, el MOIR advirtió en un editorial de su periódico Tribuna Roja que la alianza “tiene un enemigo soterrado que la mina por dentro: el sectarismo”.
Como si fuera un presagio, la primera fragmentación llegó meses después de las elecciones. Casi tres millones de colombianos eligieron a López Michelsen como presidente, mientras que la candidata de la Anapo obtuvo 492.000 sufragios y Echeverri poco más de 130.000.
Ante la derrota, Echeverri y los militantes del MAC Ciro Ríos e Iván López, buscaron alianzas con el nuevo gobierno. Los tres salieron del partido.
Los problemas se acrecentaron en 1976, con las elecciones a Congreso, asambleas y concejos. El MOIR y el MAC denunciaron que “el Partido Comunista rompió los acuerdos unitarios al formar una nueva UNO con sus militantes, para tener un aparato hegemónicamente suyo”.
Un año después, esos dos partidos se fueron a fundar el Frente de Unidad por el Pueblo; por su parte, el Partido Comunista se quedó liderando la UNO y se añadieron a esa alianza la Anapo y el Movimiento de Izquierda Liberal (MIL).
“Rompimos con los comunistas porque nuestra oposición era al gobernante que ganara, pero ellos empezaron a ‘coquetear’ con el gobierno de Alfonso López. Por ejemplo, ese presidente le dio personería jurídica por primera vez en la historia a la Conferencia Sindical de Trabajadores, que era dirigida por el Partido Comunista”, detalló Carlos Naranjo, hoy miembro del Comité Ejecutivo del MOIR.
Pese a eso, la UNO siguió adelante en su proceso de consolidación política y en las elecciones de 1976 obtuvo más curules locales.
En Santander, uno de sus bastiones, alcanzaron dos diputados, tres concejales en Bucaramanga y varios más en Florián, Landázuri, Puerto Wilches, Barrancabermeja, Girón y Florida Blanca, entre otros, según las cuentas de Alfredo Valdivieso, secretario del Partido Comunista en ese departamento. En Cimitarra, seis de los diez concejales eran de la UNO.
Tras estos resultados, el coronel Néstor Espitia Sotelo, comandante de la base militar de Cimitarra, reunió a los campesinos en la plaza y les advirtió que el “consejo mayoritario de la UNO que eligieron el 18 de abril (de 1976) no se lo vamos a dejar funcionar” y añadió que “como ustedes no quieren al gobierno y estamos en zona de guerra, vamos a terminar con los comunistas”.
A la par, ejecutaba capturas masivas pues según él, eran necesarias impedir que “la población ayudara a los guerrilleros y el funcionamiento de la oposición, principalmente la UNO y el Partido Comunista”, como detalló el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) en su investigación El orden desarmado.
Fue tanta la presión en ese mismo municipio que el comandante del puesto militar de Santa Rosa entró a una sesión el Concejo y encarceló a todos los ediles, incluyendo los de otros partidos diferentes la UNO. Concejales de esa coalición como Andrés Niño y José Santamaría no podían ingresar al recinto “porque estaban sentenciados a muerte” y a otros dirigentes de la UNO, el batallón militar no les actualizó el carné que necesitaban para transitar libremente.

La persecución al comunismo

uno 2Gerardo Molina fue el candidato único de la izquierda para las elecciones presidenciales de 1982. Foto: archivo Semana.Amenazas, torturas, asesinatos y desapariciones de miembros de la UNO comenzaron desde 1974 en aquellas regiones del país donde la izquierda estaba surgiendo. Pero “fue mucho más terrible desde 1978”, evocó Caicedo.
Ese año, Julio César Turbay fue elegido como presidente en representación del partido Liberal. En esas elecciones, los votos de la izquierda se los dividieron entre la UNO, con 97 mil para Julio César Pernía, y el Frente de Unidad por el Pueblo, con 27 mil, a favor de Jaime Piedrahita.
El primer mandatario estrenó el mandato con el Decreto 1923 de 1978, a través del cual le otorgó la potestad a la Justicia Penal Militar para juzgar a todo el que fuera señalado de alzarse en armas contra el gobierno, de ser integrante de grupos armados e, incluso, a quienes turbaran el orden público. Como resultado de esas acciones, cerca de 60 mil personas fueron detenidas en el primer año de ese gobierno, según el Ministerio de Defensa.
Además, los militares podían hacer Consejos Verbales de Guerra, un mecanismo judicial que se utilizó para perseguir y juzgar a quienes militaran en grupos de izquierda. Valdivieso reconoció que huyó del país hacia la Unión Soviética, en 1980, precisamente para evadir que un militar lo juzgara en un consejo de guerra en Barrancabermeja.
“Hubo consejos contra dirigentes de la UNO y del Partido Comunista, señalados de colaborar con la subversión. Muchas veces se violó el derecho del ‘habeas corpus’ (con el que un acusado podía quedar libre en tres días si no le explican por qué lo detenían), hubo allanamientos sin razón y se limitaron las libertades de hacer manifestaciones públicas”, precisó Caicedo.
Por su parte, la investigación del CNMH explica que la reacción militar también fue contra la población civil, en muchos casos por militar o simplemente por elegir a miembros de la UNO: “La yuxtaposición de actividades legales de las organizaciones de izquierda, con la acción proselitista y organizativa de las Farc, generaron confusiones sobre los límites de una y otra actividad y equivocadas asimilaciones entre opositores políticos y rebeldes armados”.
Muchos de los muertos de la UNO hacían política en Magdalena Medio, Bogotá, Yacopí (Cundinamarca), Turbo y Mutatá (Antioquia) y en Puerto Rico, Doncello, la Unión Peneya y Paujil (Caquetá).
Caicedo aseveró que en Yacopí asesinaron a varios concejales de esa alianza, a personas que hacían actividades proselitistas, dirigentes comunistas e inclusive un diputado de Cundinamarca.
En Magdalena Medio, las torturas y desapariciones crecieron a la par que aumentaba el número de integrantes de las Farc. El Frente 4 de esa guerrilla, que operaba en la zona, pasó de tener 40 integrantes a principios de los setenta, a más de 260 en 1978 y a 850 en 1982, según las estimaciones del CNMH.
Por su parte, el Batallón Santander, de Puerto Berrío, Antioquia, capturó solo en 1976 por lo menos a 400 personas. Uno de los casos más recordados en aquella época ocurrió dentro de esa guarnición militar. Darío Arango, vicepresidente del Concejo y miembro de la UNO, murió en 1979 durante una tortura. Al respecto, Caicedo dijo que fue un hecho tan escandaloso que ayudó a impulsar la creación de movimientos de defensa de derechos humanos.
“La propuesta anticomunista caló tan profundo que todo aquel vinculado con el comunismo era tratado como enemigo interno y la intención era liquidarlo ideológica o físicamente. Eso fue lo que sucedió con UNO”, apuntó Valdivieso.
Es por eso que Caicedo aseguró que con el Frente Nacional acabó la guerra entre liberales y conservadores, pero la persecución se ensañó con la oposición. Y de tal manera que, en 1982, sin siquiera cumplir 10 años de existencia política, la UNO se desintegró.
En las elecciones presidenciales de ese año, todos los movimientos de izquierda, desde el Partido Comunista hasta el MOIR y el MAC, se alinearon con el candidato Gerardo Molina bajo el movimiento ‘Firmes’. Posteriormente, los militantes de la UNO trabajaron en el Frente Democrático hasta que surgió la UP.
Muchos de los dirigentes que murieron en el genocidio de la UP sobrevivieron a la persecución cuando estaban congregados en la UNO, como Gilberto Viera, Hernando Hurtado, Hernando Mota Mota o Manuel Cepeda.
“La diferencia es que en la época de exterminio contra la UNO no había el paramilitarismo que se conoció después, sino que empezó como parte de actividades de orden público, particularmente del Ejército, contra la guerrilla”, explicó Caicedo y añadió que la UP sí propuso una salida negociada al conflicto mientras que la UNO se centró en el desmonte del Frente Nacional y en una lucha contra el Estado de Sitio.
Hasta ahora no se conocen cifras exactas de cuántos miembros de la UNO fueron torturados o asesinados. En parte, porque el Partido Comunista nunca llevó un registro en ese momento; y también porque muchos familiares optaron por no denunciar. Además, la Fiscalía no tiene mucho conocimiento de los casos, más allá de un par de menciones a la UNO en algunos de sus informes.
Ante ese vacío, algunos miembros del Partido Comunista están adelantando un trabajo para recopilar las historias y con ellas contribuir no solo a esclarecer lo ocurrido hace ya tantos años, sino a poner como un ejemplo más de intolerancia política en la historia reciente del país en momentos en que se están buscando los mecanismos adecuados para que una guerrilla tan antigua como las Farc pase de las armas a la política sin los sobresaltos violentos que padecieron militantes, simpatizantes y colaboradores de la UNO y de la UP, y más recientemente los del movimiento Marcha Patriótica.

viernes, julio 22, 2016

Sacaban a sus víctimas de sus casas para torturarlos y asesinarlos. Arrojaban los cadáveres al río Magdalena

Por:  JUSTICIA  | EL TIEMPO 21 de julio de 2016
Más de 4.600 personas fueron asesinadas en el sur del Cesar y Norte de Santander entre 1995 y 2006, por órdenes directas o por linea de mando del exjefe paramilitar Juan Francisco Prada, alias Juancho Prada, según documentó el Tribunal de Justicia y Paz de Bogotá.
Prada está en libertad a prueba desde octubre del 2015, tras cumplir ocho años de prisión y los requisitos para salir de la cárcel.

La sentencia del Tribunal afirma que hubo una “política sistemática y generalizada de exterminio contra la población civil que consistía en exterminar a todo aquel que ellos consideraban dañinos para la sociedad, colaboradores o auxiliadores de la guerrilla, violadores y miembros de sectas satánicas”.
Sacaban a sus víctimas de sus casas y trabajos, y luego las trasladaban al corregimiento de Puerto Mosquito, del municipio de Aguachica (Cesar), donde eran torturados, asesinados y arrojaban los cadáveres al río Magdalena.
“Aprovechaban el estado de indefensión de las víctimas para reducirlas por la fuerza, atando sus manos con un cable, las mantenían secuestradas por uno o dos días en fincas que eran adaptadas como cárceles, eran torturadas con métodos que producen asfixia mecánica y algunas víctimas eran sometidas a ver la fosa en la que iban a ser arrojados sus cuerpos”, dice el fallo con ponencia de la magistrada Alexandra Valencia.
En otros casos, los cuerpos de las víctimas eran expuestos en lugares públicos y carreteras.
Una de las masacres se registró el 17 de marzo del 2004 en la vereda el Pescado, municipio de San Alberto (Cesar).
Tres hombres de una misma familia (padre, hijo y primo; uno de ellos de 15 años) fueron sacados de su vivienda y llevados a una finca donde los torturaron con agua salada en la cara y amarrada con una toalla. Al día siguiente fueron asesinados.
En la sentencia condenan a Javier Antonio Quintero Coronel, alias Pica Pica, integrante de ese bloque por su responsabilidad en 42 hechos delictivos y 25 secuestros, que dejaron 53 víctimas directas y 318 víctimas indirectas. Quintero se desmovilizó desde el 2006 con otras 251 personas, entre estas 15 mujeres.
“Llegaba una información y se ordenaba la muerte. Matábamos por demostrar quiénes éramos”, dijo Quintero en audiencia.
El fallo resalta la omisión de miembros de la Fuerza Pública contra la estructura paramilitar que garantizó la criminalidad.
El Tribunal dice que la entrega de bienes fue irrisorio frente a las víctimas y exige a los exparamilitares la recuperación de cadáveres de desaparecidos.

jueves, julio 21, 2016

La dimensión internacional del conflicto social y armado en Colombia. Injerencia de los Estados Unidos, contrainsurgencia y terrorismo de Estado

jueves, enero 23, 2014

El Terrorismo de Estado

por Javier Giraldo M. , S.J.

Martes 23 de noviembre de 2004, 

El TERRORISMO DE ESTADO

La mitología griega personificó el terror ("Deimos") en uno de los miembros de la cohorte permanente de Marte o Ares, dios de la guerra. Junto a Marte marchaban siempre al campo de batalla su hermana Eris (la Discordia), su esposa Enio, diosa de la guerra, y los escuderos gemelos: Deimos y Fobos (el Terror y el Miedo).
Esta referencia mitológica no hace sino redundar sobre la tendencia a situar el terrorismo en el marco del conflicto o de la guerra: como un medio para defender o para atacar una estructura de poder, un modelo de organización social, un sistema ideológico, unos intereses particulares o grupales, etc.

Noel O’Sullivan definió el terrorismo político como aquel que aparece " cuando un grupo, tenga el poder gubernamental o esté fuera del gobierno, resuelve alcanzar un conjunto de objetivos ideológicos por métodos que no solo violan o ignoran las estipulaciones del derecho nacional e internacional, sino que además espera tener éxito principalmente mediante la amenaza o el uso de la violencia "  [1]
Por su parte Charles Townshend, define el terrorismo como: " el uso sistemático de la violencia por personas armadas para inspirar miedo a personas desarmadas, en la creencia de que esto les dará frutos políticos "  [2]

Si bien estas definiciones dejan en claro que el terrorismo puede darse desde el poder -como terror de coerción-, o desde fuera del poder -como terror de agitación- , sin embargo no satisface la sola referencia al uso de la violencia, así ésta se caracterice como sistemática o como condicionada por factores ideológicos, para comprender cabalmente, o sea, en sus rasgos y notas más específicas, el fenómeno del terrorismo.

La violencia, como medio inmemorial para dirimir diferencias y conflictos de intereses, logró ser encauzada en los Estados de Derecho dentro de las normas del "Ius in Bello" (o Derecho en la Guerra), hoy compiladas en el Derecho Internacional Humanitario. El desbordamiento o la violación de dichas normas ha sido considerado en muchos instrumentos jurídicos internacionales como terrorismo . En efecto: resbalarse por la pendiente de la no distinción entre combatientes y no combatientes; utilizar instrumentos bélicos cuyo efecto pueda afectar objetivos no militares ; adoptar métodos de combate que vayan más allá de la búsqueda de una ventaja militar e incursionen en los campos de las destrucciones inútiles o de la crueldad , son comportamientos todos que, al salirse de los cauces convencionales de la guerra, producen sobre la fracción de la sociedad que no está en la guerra un efecto de terror.

El terrorismo comienza entonces a perfilarse, objetivamente, en el momento en que la acción bélica comienza a desbordar sus límites convencionales y pierde, por lo tanto, su carácter discriminado. Dicha característica de indiscriminación constituye ya uno de los rasgos esenciales del terrorismo.
Pero la palabra "terror" hace alusión, ante todo, a un estado psicológico, como lo es también el "miedo". Por eso, comprender la dimensión y las características subjetivas del terror es tan esencial como la delimitación de sus rasgos objetivos, con los cuales se articulan necesariamente los anteriores, como las dos caras de una misma moneda.

El miedo o el temor se ha caracterizado como una reacción fisio-psicológica generalizada ante lo desconocido, ante lo inesperado o ante lo riesgoso. La reacción miedosa inseguriza a la persona y la puede llevar, ya sea a enfrentar esa realidad tensamente, con agresividad o con coraje, ya a huir de la misma. El terror , en cambio, se ha considerado como un "miedo muy intenso" (Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua), pues está constituido por esa misma reacción fisio-psicológica, pero ya no ante la ambigüedad de lo desconocido o de lo inesperado, sino ante la amenaza latente de una violencia que apunta a destruir los valores más esenciales del ser humano: vida, integridad y libertad; amenaza ante la cual no hay maneras seguras de protegerse , dado que la violencia no está limitada por unas fronteras precisas. Por eso el terror paraliza a las personas; cohíbe sus acciones; destruye o modifica profundamente estratos de su vida: valores, comportamientos, relaciones, tejidos sociales etc.

Desde el aspecto subjetivo se comprende mejor la dimensión política o ideológica del terror: esa capacidad de condicionar a las personas mediante la parálisis de determinados estratos de su ser o de su acción; de destruir, modificar o encauzar dimensiones o campos importantes de la vida personal o social; en otros términos, esa posibilidad de determinar, someter, manipular y subyugar a los demás, hace del terror un instrumento político de dominación y de control social.

Uso ideológico del “terrorismo”


Hoy en día la palabra "terrorista" tiene un uso intensivo. En Colombia va adquiriendo una connotación muy precisa dentro del lenguaje gubernamental, que la hace equivalente a "insurgente". Más particularmente desde el fin de la Guerra Fría fue sustituyendo al término "comunista", término que durante el período anterior servía para ilegitimar y satanizar posiciones ideológicas contrarias al Statu Quo y para legitimar todas las formas de represión contra las mismas. A veces se utiliza dicho palabra con el prefijo "narco", no solo para reforzar esa ilegitimación y de paso legitimar la represión contra los que así sean calificados, sino también para que esa represión conquiste apoyos morales y económicos de carácter internacional.


Pero tal uso ideológico del término no es un invento colombiano. Un informe del Asistente del Secretario de Defensa de los Estados Unidos, en marzo de 1992, revela la existencia de 7 manuales de entrenamiento que fueron utilizados, primero en el Comando Sur (Panamá, 1987/1989), y luego en la Escuela de Las Américas (Fort Benning, Georgia, 1989/1992), aunque, como lo reconoce el mismo informe, su fuente era "un viejo material que se remonta a los años 60, proveniente del Programa del Ejército de Asesoría en Inteligencia a Extranjeros, titulado "Proyecto X"". En agosto de 1992, cuando tal revelación produjo un escándalo mundial, el Departamento de Defensa proscribió los manuales porque "contienen cerca de doce pasajes con material objetable y cuestionable y fueron elaborados sin la requerida aprobación doctrinal".

Teniendo en cuenta que en el Comando Sur y en la Escuela de las Américas se formaron muchos millares de militares colombianos y latinoamericanos, los materiales y contenidos teóricos que hicieron parte de su entrenamiento constituyen una fuente excepcional para comprender los rasgos y estrategias ideológicas implementadas hoy por el estamento castrense.

Uno de dichos manuales se titula justamente "
Terrorismo y Guerrilla Urbana". Sería muy difícil encontrar otro tratado que en forma tan unilateral identifique el terrorismo con todas las formas de protesta social o de conflicto armado y que de manera tan peligrosa trace orientaciones en consecuencia. Desde su primer capítulo, donde la "historia" del terrorismo se identifica con la historia de las revoluciones sociales, pasando por el capítulo del "Nuevo Terror Internacional" (cap. IV) donde quedan etiquetados como colosos del terrorismo mundial la Unión Soviética, la O.L.P., y otros numerosos movimientos de liberación nacional, así como países no afectos a los Estados Unidos como: Cuba, Nicaragua, Korea del Norte, Vietnam, Angola, Etiopía, Libia, Siria e Irán, sin dejar por fuera a la totalidad de los movimientos insurgentes de América Latina (Cap. V), el manual, en su conjunto, abriga una caracterización totalmente inadecuada del terrorismo.

Dicho Manual solo en su capítulo VI aporta algunos pocos datos sobre el verdadero terrorismo, aunque el contexto mencionado hace que tales notas se distorsionen profundamente. Todas las estrategias de "inteligencia", trazadas en los últimos capítulos, a la luz de los anteriores solo podrán llevar a tender un cerco permanente sobre los movimientos sociales y a su destrucción violenta.
Es mérito del Profesor y lingüista estadounidense Noam Chomsky, el haber señalado, documentado y analizado profundamente, en su obra "La Cultura del Terrorismo", esa estrategia política que lleva a calificar de "terroristas" justamente a las víctimas del terrorismo. Tomando pié en el escándalo desatado en el otoño de 1986, cuando la Corte Internacional de La Haya condenó al Gobierno de los Estados Unidos por el minado de los puertos de Nicaragua y cuando el mismo Congreso estadounidense avocó el caso de la impresionante red creada por el Presidente Reagan para financiar a la "Contra" nicaragüense, haciendo alianzas incluso con Irán para transferirle dineros a través de complejas mediaciones, el Maestro Chomsky va develando el arraigo del terrorismo en la cultura norteamericana, como mecanismo para someter por el miedo intenso a quienes no se someten a sus intereses, deslegitimándolos simultánemente como "terroristas". En una de sus páginas conclusivas afirma: "La cultura del terrorismo que se ha desarrollado entre nosotros es una estructura de considerable poder, con un impresionante arsenal de dispositivos que la protegen de la amenaza de la comprensión y con una poderosa base en las instituciones que dominan todas las facetas de la vida social, las instituciones políticas y económicas, la cultura intelectual y, además, gran parte de la cultura popular". [3]

El terrorismo del “anti-terrorismo”


Lo anterior de ninguna manera quiere ocultar o encubrir las prácticas terroristas que se dan en organizaciones insurgentes o en movimientos de oposición al s
tatu quo. Pero si el terrorismo es un poderoso medio de subyugación ideológica de una sociedad, también la calificación de "terrorista", utilizada inadecuadamente, se ha convertido en uno de los medios de hacer terrorismo: de descalificar irracionalmente a los movimientos sociales, de oposición política o de insurgencia frente al statu quo, y de legitimar contra ellos formas de represión extralimitadas, que no hacen sino restringir cada vez más los canales democráticos y la vigencia de los derechos humanos, hasta producir desesperos que desembocan en verdadero terrorismo. De allí la importancia de clarificar el concepto mismo de terrorismo.

El terrorismo de agitación , practicado por grupos opuestos a las capas dominantes o gubernamentales, va substituyendo la fuerza de la manifestación democrática, popular o masiva -que de hecho inseguriza a quienes usufructúan el poder vigente- por la intensificación de un miedo generalizado frente a sus actuaciones. Esto se logra con pequeños grupos que necesariamente tienen que separarse de las masas y que van haciendo de su poder algo simbólico, apoyado fundamentalmente en el miedo. La publicidad, en cuanto difusora de ese miedo, se convierte en un factor esencial.

En la lógica de este tipo de terrorismo, la víctima ya no es necesariamente el enemigo, sino alguien que pueda producir el efecto de miedo intenso en la sociedad y de reconocimiento forzado de su poder; el objetivo puede ser la desestabilización general de un régimen, la creación de un caos generalizado en un modelo de sociedad que se quiere repudiar, o la obtención de fines puntuales, como por ejemplo: impedir eventos, rescatar rehenes, vengar una muerte, obtener dinero, forzar decisiones, etc.

El terrorismo de agitación ha sido calificado como una guerra efectiva y barata , tanto por el poder de control y subyugación que genera el miedo intenso, como por la economía de recursos, al poder ser agenciado por grupos relativamente pequeños.

A nadie se le oculta que este tipo de terrorismo revela, la mayoría de las veces, estados de desesperación, producidos por mecanismos de represión que hacen inviables otras formas de protesta, otros procesos de transformación social compatibles con la democracia. Muchísimas veces este tipo de terrorismo, en otras palabras, es una "válvula de escape" a la presión creada por otro terrorismo: el terrorismo de Estado.

Rasgos esenciales


Los rasgos esenciales del terrorismo son, pues:

* Desde un punto de vista objetivo: actos de violencia indiscriminada , es decir, que no se ciñen a las normas convencionales del "Derecho en la Guerra", saliéndose de sus cauces y afectando por tanto a objetivos no militares o ejerciéndose con exceso o con crueldad contra los mismos objetivos militares.
* Desde un punto de vista subjetivo: actos, prácticas o procedimientos que producen miedo intenso en las personas, en cuanto ven amenazados sus valores más esenciales: vida, integridad o libertad, y en cuanto esas amenazas no delimitan claramente áreas de seguridad o de riesgo o se inspiran en móviles irracionales o éticamente repugnantes, produciendo un sojuzgamiento ideológico o práctico.


Modalidades del Terrorismo de Estado


El
Terrorismo de Estado se da cuando el Estado mismo se convierte en agente de terror, ya sea porque conduce un conflicto, guerra o conmoción interna sin ceñirse a las normas del "Derecho en la Guerra", ya sea porque a través de sus estructuras, instituciones, procedimientos o prácticas, coloca bajo amenaza los valores fundamentales: vida, integridad o libertad de sus ciudadanos, creando campos ambigüos donde la seguridad o el riesgo están sometidos a la arbitrariedad, o señalando campos de riesgo no ambigüos pero inspirándose en principios irracionales o anti-éticos.

Para poder visualizar mejor los mecanismos a través de los cuales se ejerce el Terrorismo de Estado, podríamos señalar primero aquellos que se refieren a la CONDUCCION DEL CONFLICTO y luego los que se refieren a las ESTRUCTURAS, INSTITUCIONES O PRACTICAS SISTEMATICAS.
A) En la CONDUCCION DEL CONFLICTO el Estado ejerce el terrorismo al violar las normas fundamentales del "Derecho en la Guerra". Las más recurrentes de esas violaciones suelen ser:
1) La no distinción entre combatientes y no combatientes: esto lleva a tomar como "objetivo militar" o blanco de ataque o de represión a población civil no combatiente, sus zonas de residencia o de trabajo o sus medios de subsistencia.

Ordinariamente se justifican estas prácticas aduciendo que los combatientes se camuflan como población civil y con tal explicación se justifica, de paso, toda la represión que se ejerce contra organizaciones comunitarias, sociales, humanitarias y políticas que se oponen al statu quo o que se posicionan como críticas frente al mismo. Tal indiscriminación se proyecta también al campo de lo judicial/penal, confundiendo la insurgencia armada con formas de militancia política de oposición, o dándoles el mismo tratamiento, estableciendo por este camino el "delito de opinión".

Otra forma de "justificar" dicha indiscriminación es el inaceptable "principio de la responsabilidad colectiva". Según éste, las comunidades son responsables por la presencia de la insurgencia en su territorio, pues el solo hecho de tolerarla equivale a militar a su lado y por lo tanto deben ser tratadas como "combatientes".

Pero cuando las mencionadas "justificaciones" se vuelven inconfesables, se recurre al método de camuflar "post mortem" a los no combatientes como combatientes: se visten sus cadáveres con uniformes de combatientes y se pone junto a ellos armas u otros signos que los "identifiquen" como tales.

2) El trato indigno o cruel al ser humano: aún suponiendo que la represión se ejerza contra verdaderos insurgentes, el "Derecho en la Guerra" se viola también por el exceso de fuerza contra el enemigo; por la crueldad; por las destrucciones inútiles (no necesarias para obtener una ventaja militar); por el desconocimiento de la dignidad humana. Las modalidades más recurrentes son: la tortura; los tratos crueles, inhumanos y degradantes; la desaparición forzada de personas; las ejecuciones extrajudiciales; las agresiones sexuales o afrentas al pudor; la negación de juicios justos, del ejercicio de los derechos procesales y de condiciones carcelarias humanas, cuando todas estas prácticas se legitiman como acciones o procedimientos de guerra.

Las notas esenciales -objetivas y subjetivas- del terror y del terrorismo están presentes en estas modalidades de violaciones al "Derecho en la Guerra". En efecto, de una parte son puestos en alto riesgo o son afectados profundamente los valores humanos más fundamentales: vida, integridad o libertad, amenaza que constituye el núcleo subjetivo del terror; de otra parte, las áreas de riesgo son ambiguas y/o arbitrarias, toda vez que dichas procedimientos se ilegitiman en los campos del discurso directo (teórico, político o jurídico) y se legitiman en un tejido de prácticas que alimentan o desarrollan discursos indirectos, simbólicos o implícitos, configurando un campo objetivo de indiscriminación.
 
B) Pero el terrorismo de Estado tiene también EXPRESIONES MAS ESTRUCTURALES, INSTITUCIONALES Y SISTEMATICAS. Aunque dichas expresiones conservan una referencia al conflicto o a la guerra interna, afectan las estructuras y las instituciones mismas del Estado en su funcionamiento ordinario, como por ejemplo el papel de la Fuerza Pública o de la Administración de Justicia. En este nivel estructural o institucional, el Estado ejerce el Terrorismo principalmente por estos medios:

1) Ideologías o doctrinas que no son aceptadas explícitamente por los funcionarios del Estado, pero cuya adopción como guía se demuestra principalmente en la sistematicidad de acciones y procedimientos que se acomodan a sus postulados.

Vale mencionar en primer lugar la "Ideología de Seguridad Nacional", como cuerpo de principios para la conducción de una guerra que se proyecta a todos los campos de la acción humana; donde no cabe la neutralidad; donde el enemigo es interno y omnipresente y donde los métodos para su destrucción no deben detenerse ante obstáculos éticos o humanitarios.

Vale también mencionar aquí las estrategias de información y comunicación que se solidifican e institucionalizan como las más decisivas formas de control social. Dichas estrategias implican lenguajes calculados que satanizan o exaltan determinadas posiciones ideológicas, políticas o sociales y, por esa vía, legitiman las modalidades de represión contra ellas. Un patente ejemplo de esto es la misma utilización de la palabra "terrorista" para referirse a los insurgentes, con todos los implícitos que conlleva dicho lenguaje y con los mensajes subliminales que transmite en orden a la legitimación de acciones o procedimientos destructivos.

Las notas esenciales del terrorismo se revelan aquí en la ambigüedad de los lenguajes (censurados por los discursos explícitos pero avalados por los lenguajes prácticos y simbólicos y por las estrategias comunicativas), ambigüedad que se proyecta sobre los verdaderos campos del riesgo que corren los valores fundamentales de vida, integridad o libertad.

2) El Paramilitarismo, entendido como confusión e indefinición en las fronteras entro lo civil y lo militar, ya sea por la utilización de civiles en acciones militares, ya por el accionar de los militares sub specie civili (bajo apariencia civil).

Cuando el Paramilitarismo se erige en política de Estado, como es el caso evidente de Colombia, ya no solo se crean campos ambiguos de riesgo para los valores humanos fundamentales de vida, integridad o libertad, sino que el Paramilitarismo responde justamente a la estrategia de agredir esos valores ocultando o encubriendo la responsabilidad del Estado y por lo tanto facilitando al máximo el ataque indiscriminado contra la vida, la integridad o la libertad.

Todas las discriminaciones que podrían aminorar o restringir la ambigüedad o la arbitrariedad de las áreas de riesgo, son desconocidas para el Paramilitarismo: su fin es utilizar todo el poder de facto del Estado, incluidas las garantías de impunidad, para burlar toda norma, toda ley, todo principio, en la destrucción de un enemigo cuyos perfiles define en la oscuridad.

3) La "Justicia Sin Rostro" es otra de las formas que asume el Terrorismo de Estado, afectando esta vez principalmente el valor de la libertad. El crear un campo institucional donde el valor de la libertad pueda ser agredido con tal contundencia, de modo que en cualquier momento pueda ser asaltado desde la sombra por agresores invisibles protegidos - y muchas veces pagados- por el Estado, y donde el agredido se vea privado de las garantías procesales, le abre un espacio extremadamente amplio a la arbitrariedad como amenaza permanente a este valor y derecho humano fundamental de la libertad, eliminando numerosas barreras protectoras con que la tradición jurídica universal había salvaguardado de la arbitrariedad dicho valor.

4) La Impunidad , sobre todo cuando se apoya en mecanismos estructurales e institucionales de la administración de justicia, constituye otra de las modalidades que asume el Terrorismo de Estado.
Si quienes ponen permanentemente en alto riesgo los valores fundamentales de vida, integridad o libertad, gozan de la garantía de la impunidad y ésta se arraiga en mecanismos institucionales, ello equivale a avalar desde el Estado la amenaza permanente contra esos valores y, por lo tanto, a mantenerlos sitiados por un alto riesgo.

Mecanismos como el fuero militar; como el control político de la Justicia; como la concentración de poderes discrecionales en un Fiscal General que hace depender la administración de justicia de sus opciones, ideología, intereses, solidaridades o preferencias en la persecución de solo determinadas formas de criminalidad; como la no adopción en la legislación interna de tipos y procedimientos penales internacionales que miran a proteger el núcleo esencial de la dignidad humana; como la carencia de controles o veedurías en la conducción del conflicto interno, así como los numerosísimos mecanismos "de facto" que protegen a los victimarios de toda investigación y sanción, mecanismos todos que en Colombia mantienen el nivel de impunidad de los Crímenes de Estado en tasas muy cercanas al 100%, constituyen en lo concreto ese campo institucional y estructural de alto riesgo permanente que cerca los valores humanos de vida, integridad o libertad.

Todos estos mecanismos que moldean la estructura o el funcionamiento de las instituciones del Estado y que colocan o mantienen en alto riesgo los valores humanos fundamentales de vida, integridad o libertad, manteniéndolos encerrados en campos de alto riesgo circundados por cercos de ambigüedad o de arbitrariedad, constituyen las expresiones más acabadas del Terrorismo de Estado en sus dimensiones estructurales, institucionales o sistemáticas.

Destrucción de la ecología social


Toda guerra o conflicto prolongado afecta necesariamente la
ecología social , o sea, esas relaciones fundamentales del ser humano con su ambiente, con su contexto, necesarias para mantener un equilibrio básico de la vida en sociedad.

Sin embargo, una guerra o conflicto no afectaría los pilares más fundamentales de esa ecología, en la medida en que los riesgos tuvieran delimitaciones precisas: en la medida en que la lucha armada se desarrollara exclusivamente entre combatientes de uno u otro bando; en la medida en que los derechos civiles y políticos de los no combatientes conservaran vigencia; en la medida en que la justicia actuara con autonomía e imparcialidad frente a las posiciones enfrentadas. Pero, como se ha visto, una de las notas específicas del terrorismo es justamente borrar los límites; difuminar las fronteras; indiscriminar el accionar bélico para proyectarlo más allá : a las personas, objetos, lugares, actividades y posiciones no militares , con el fin de subyugar, manipular y dominar mediante el miedo intenso al conjunto social.

Toda forma de terrorismo -el de agitación y el de coerción- afecta de esa manera, destructiva y profunda, la ecología social . Sin embargo, ambas formas de terrorismo no pueden, en última instancia, ser colocadas en pié de igualdad. En efecto, uno de los pilares de esa ecología social es justamente la relación ciudadanos/Estado en cuanto éste signifique la instancia garante de los valores sociales y derechos humanos fundamentales: vida, integridad, libertad, justicia, solidaridad y paz. Pero cuando el Estado mismo, ya sea en la manera de conducir la guerra interna, ya sea en el moldeamiento de sus instituciones o en la sistematicidad fáctica de su accionar, se convierte en agente de terror , en cuanto somete a alto riesgo, en condiciones de ambigüedad, indiscriminación y arbitrariedad, los valores humanos y sociales fundamentales, la ecología social se destruye en sus estratos y fundamentos más profundos, lo que no ocurriría si el Estado permanece como puntal de lucha ( no terrorista ) contra el terrorismo de agitación.

Una sociedad sin alternativa


El terrorismo, sobre todo cuando asume formas institucionales o sistemáticas desde las instancias del poder, va moldeando una
sociedad sin alternativa , doblegada a los intereses a los cuales sirve. Este es el verdadero fin "pedagógico" del terrorismo, que alcanza su expresión más acabada en el Terrorismo de Estado: chantajear, mediante la amenaza de perder la vida, la integridad o la libertad, a todo ciudadano indiscriminadamente, para que acepte el modelo de sociedad y de Estado que se le ofrece. Si no lo hace, sus valores más esenciales de ser humano van a correr riesgos progresivos, no delimitados por espacios o reglas de juego definidas o precisas.

Si el ciudadano X, por ejemplo, se opone democráticamente a las reglas vigentes del mercado, de la producción o de la distribución de la riqueza nacional, y no logra ser neutralizado por las estrategias comunicativas o del marketing "informativo", será neutralizado por la "justicia", sin necesidad ya siquiera de que se pruebe su "afinidad ideológica" con la insurgencia, pues los testigos sin rostro tendrán todas las garantías para acusarlo de "terrorismo", aduciendo que en una reunión en la cual participó, había "un líder terrorista", hecho que quedará "probado" con su solos "testimonios". Pero si tal "justicia" no actúa o no es exitosa, los paramilitares pueden dar cuenta de su vida en cualquier momento, mientras los personeros del Estado anunciarán una "investigación exhaustiva" para sancionar a esos "delincuentes" o grupos "fuera de la ley" que lo desaparecieron o asesinaron, investigación que será inexorablemente "archivada" por "falta de pruebas".

El instinto de conservación es el instinto más fuerte en los seres vivos. Por conservar la vida, el animal y el hombre pagan los más altos precios. Le siguen en precio los valores de la integridad y de la libertad. Por eso cuando el agresor logra cercar con un riesgo efectivo esos valores, consigue fácilmente sus objetivos: comprar las posiciones ideológicas, políticas o pragmáticas de los amenazados. Y esto no se hace necesariamente mediante procesos conscientes. El refinamiento del Terrorismo de Estado consiste precisamente en utilizar la "pedagogía" de los procesos subconscientes o "supraconscientes" (en el sentido del "super-ego" freudiano).

En las sociedades sometidas a excesivos desbordamientos de Terrorismo de Estado (como por ejemplo en la Argentina dictatorial o en el Chile de Pinochet) se puede leer muy claramente "entre líneas", como motivación profunda de innumerables opciones, el "voto" implícito o inconsciente de: jamás recorrer los caminos ideológicos que recorrieron los desaparecidos, los ejecutados o los torturados. El Terrorismo de Estado logra incluso que los precios se le paguen "clandestinamente".
Tomar conciencia de las formas que asume el Terrorismo de Estado, de sus efectos psíquicos, sociales y políticos, tiene que ser el comienzo de un movimiento para salvar al hombre y a la sociedad de niveles muy profundos y efectivos de destrucción.

Javier Giraldo M., S. J.
Marzo de 1997


Notes :
[1] - O’Sullivan, Noel, "Terrorismo, Ideología y Revolución", Alianza Editorial, Madrid, 1987, pag. 21.
[2] - Townshend, Charles, "El Proceso del terror en la política irlandesa", en la obra de O’Sullivan, Noel, o.c. pg. 115.
[3] - Chomsky, Noam, "La Cultura del Terrorismo", Ediciones B, S.A., Barcelona, 1989, pg. 318.

lunes, enero 20, 2014

CIA, drones y terrorismo

 
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